Los efectos del frío en la piel

La temperatura central del cuerpo humano se mantiene dentro de un estrecho intervalo gracias a mecanismos termorreguladores que radican de modo principal en variaciones del flujo sanguíneo cutáneo.

La exposición al frío produce vasoconstricción cutánea masiva, lo cual origina un descenso de la temperatura de la piel a fin de mantener la temperatura central. Pero la piel está adaptada para soportar temperaturas inferiores a 37º C, cosa que nuestros órganos internos no lo están, gracias a la presencia de enzimas adaptados al frío que hacen que la piel pueda funcionar incluso con mayor eficacia cuando se enfría levemente. A cambio disminuye su movilidad y pierde elasticidad por el efecto entumecedor del enfriamiento. La reducción del flujo sanguíneo así como la supresión de la sudoración convierten a la piel en un buen órgano aislante del frío.

El ser humano ya nace con un sistema protector contra el frío: la vernix caseosa del recién nacido, una fina capa grasa que nos envuelve para prevenir la evaporación y el enfriamiento. Los lactantes tienen un alto contenido de ácidos grasos saturados en el tejido adiposo (la llamada grasa parda) que se solidifica a una temperatura más elevada que las grasas insaturadas. Este defecto de composición unido a malnutrición y sobre todo a hipotermia lleva al cuadro clínico de necrosis grasa del recién nacido, que en la mayoría de los casos se resuelve espontánea y favorablemente pero también se ha asociado con hipercalcemia  y muerte. Otro fenómeno del lactante es el llamado cutis marmorata en el que el frío unido a la inmadurez del plexo vascular produce una apariencia reticulada o marmorea de la piel que tiende a desaparecer con un baño caliente.

En la edad adulta una clínica parecida al cutis marmorata se observa en la livedo reticularis pero el cambio aquí es persistente y no se aclara al ser calentada la piel, ya que ese cuadro es resultado de una enfermedad arteriolar o de una hiperviscosidad sanguínea y que a veces  va unida a enfermedades de base como el lupus eritematoso sistémico, la periarteritis nudosa o una crioglobulinemia.

A algunos pacientes el frío les produce ronchas o habones: es la llamada urticaria por frío, reproducible por el test del cubito de hielo o la prueba de contacto con agua  o aire frío y que aunque suele ser idiopática, algunos casos van unidos a anormalidades serologicas (crioglobulinas, crioaglutininas, hepatitis B o C…). Como en el resto de las  urticarias el tratamiento incluye la eliminación de la causa desencadenante, pero los antihistamínicos H1 y H2 pueden controlar la enfermedad e incluso prevenir la aparición de brotes.

Un cuadro reactivo por el frío son los populares sabañones (perniosis), lesiones inflamatorias localizadas (manos, pies, nariz, orejas) causadas por exposición contínua al frío cerca del punto de congelación y que en casos severos puede llegar a la formación de ampollas y ulceración. El mejor tratamiento de los sabañones es la prevención adecuada en individuos predispuestos evitando el frío y la humedad. El tratamiento de las lesiones incluye la aplicación de calor, antipruriginosos y vasodilatadores sistémicos. Los casos graves y recidivantes pueden tratarse con 20 mgr. de nifedipina tres veces al día.

La eritrocianosis afecta preferentemente los muslos y los glúteos de mujeres jóvenes produciendo una decoloración cianótica oscura y dolorosa localizada en esas zonas donde la grasa subcutánea es muy abundante, aísla los vasos sanguíneos y hace más susceptible la piel al frío del invierno. Hay que protegerse del frío con el uso de ropas adecuadas y disminuir la grasa subcutánea, además de corregir las alteraciones endrocrinológicas si existieran.

La enfermedad y fenómeno de Raynaud está producido por la constricción de pequeñas arterias y arteriolas de las extremidades precipitado por el frío y que ocasionan una palidez repentina de uno o varios dedos seguida rápidamente de cianosis y enrojecimiento.  Afecta más a mujeres entre 15 y 40 años. Mientras que la enfermedad es de carácter idiopático, el fenómeno es secundario a otras enfermedades.

Hay lesiones por frío sin congelación en individuos expuestos a temperaturas entre el punto de congelación y 15 ºC pero que actúa durante periodos prolongados. Fueron lesiones de guerra descritas en las dos Guerras Mundiales como el “Pie de trinchera”(soldados con pies húmedos, botas puestas, inmoviles y temperaturas muy bajas) y el “Pie de inmersión”(supervivientes de naufragios que permanecen con los pies colgando dentro del agua fría durante mucho tiempo).

Por último las lesiones por congelación ocurren por la exposición al frío extremo. Las zonas afectadas,  que suelen ser dedos de manos y pies, orejas, nariz y mejillas adquieren un color blanco azulado con un grado variable de anestesia. Si la lesión es superficial los tejidos se mantienen blandos y elásticos, pero si es profunda, la parte congelada está dura y sólida pudiendo afectar incluso músculo, grandes vasos y hueso produciéndose posteriormente grandes ampollas que evolucionan a escaras o costras y autoamputación.

Dr. Juan Bonillo Bernet